Se trata de uno de esos momentos extraños, de pensamientos y situaciones encontradas, de causas y azares que simplemente se manifiestan delante nuestro; son inevitables. Intento acceder a los recovecos del camino que se formaba lentamente, para terminar tomando esta extraña forma, donde todo se conjuga, donde el llanto y la risa son la misma cosa, donde las imágenes pasan delante de mis ojos, lejanas, cercanas, imposibles de tocar.
Todo muta, todo se transforma y no queda más que aceptarlo. De todas formas, intento husmear en las pequeñas cosas, las pequeñas cosas que son las que no suelen cambiar: un recuerdo que vuelve repentinamente y que me arranca una sonrisa, esa canción que dice lo que yo quiero, lo que yo pienso, lo que yo siento, pero que no puedo decirlo vaya uno a saber por qué, esto que siento que me aprieta el corazón hasta dolerme, hasta hacerme estallar, esa secuencia de imágenes que se acentúa cuando llueve y que no existen más que en mi memoria; más recuerdos, más gestos, más detalles que guardo ahora, que guardé, que no quiero perder.
Quisiera ser más valiente, quisiera desafiar todo aquello que se me presenta y que me paraliza. Quisiera encontrar las palabras exactas que pueden alejarme de la soledad, hacer las preguntas correctas, las preguntas que me importan, sin importar la respuesta. Decir exactamente lo que quiero. Vivir como en una película, acaso un torrente de amor, donde todo es posible, donde todo puede hacerse realidad.
Pero nuevamente todo se resume a estas imágenes que mi mente guarda, que a veces inclusive le gusta inventar, situaciones que no existen pero que podrían ser. Todo depende de que las recuerde, de mi memoria, aquella que algún día quizá pueda perder. Todo se evapora en la noche, en sus maquinarias que actúan de manera imprevisible y compleja. Cuestión de deseos y pensamientos, y yo en el medio de ellos pensando a donde me dirigiré esta vez.








